miércoles, 18 de junio de 2014

El recién nacido

En el siglo XVIII los padres trataban a sus hijos como si fueran adultos de pequeño tamaño; pero en el siglo siguiente se instaló la idea de que una infancia feliz y llena de cariño y una educación lo más completa posible era lo mejor que unos padres podían dar a sus hijos. Los niños se convirtieron en los reyes del hogar. Así pues, comenzó a crearse una moda para bebés, se diseñaron objetos para ellos, lo que ya existía en Francia desde hacía mucho tiempo e incluso surgió la figura de una cuidadora de niños que pasaría a formar parte de la iconografía más victoriana: la "nanny".



Antiguamente los niños nacían en la casa de sus padres. En las familias acomodadas de Europa era costumbre que el niño no se criara con su madre; por el contrario, era conducido a una granja donde una robusta nodriza lo alimentaba a cambio de un salario, a veces hasta los tres años. Luego volvía a la casa paterna para quedar en manos de preceptores e institutrices; hasta los seis o siete años veía a sus padres sólo un rato por la noche, antes de acostarse. Esto, naturalmente, no sucedía entre las clases medias o pobres, en las que las madres criaban por sí mismas a sus hijos y se ocupaban de ellos.

La época victoriana trajo consigo grandes cambios. Cuando un bebé llegaba a una familia aristocrática o burguesa, la madre ya había buscado una nodriza para criarlo en la propia casa. El niño disponía ya de su propio espacio especialmente diseñado para él, aunque con parámetros que hoy parecerían un tanto extraños: se le privaba de la luz exterior, pues se creía que perjudicaba su descanso, se cubría la cuna con cortinas de gasas y muselinas y al pequeño se le vestía con refajos y sacos que le impedían moverse con libertad. Pero al menos se criaba entre los mimos de su familia, que lo adoraba.

La creciente importancia que se le concedía al niño generó un alud de objetos para su uso. Los orfebres diseñaban sonajeros de oro y plata y mordedores hechos con una espina de pescado engarzado tamién en plata, así como tazas y platos grabados con su nombre, imágenes y medallas. En las tiendas de ropa podía encontrarse una verdadera locura de prendas de vestir, en general muy recargadas de cintas, volantes y bordados. Y sería superfluo mencionar a los jugueteros, que iniciaron entonces una edad de oro que casi dos siglos después aún no ha terminado.

LA CANASTILLA
Las mujeres victorianas solían preparar la canastilla de sus futuros hijos cuando ni siquiera se habían casado. Se componía de ropa elaborada con esmero: prendas adornadas con pasamanerías, encajes, cintas, bordados, entorchados y medallones. Las camisas, los jubones, los pantalones, las braguitas, las enaguas, las fajas-corsé, los zapatos, los gorros, los cuellos y los baberos y especialmente, el traje de bautizo, se confeccionaban con telas ricas; este último, de muselina y encajes, a veces ricamente bordado, servía para cristianizar a todos los niños que nacían en la familia y pasaba de generación en generación.

LA TOILETTE DEL BEBÉ
La higiene no estaba demasiado extendida en la época victoriana y los bebés no escapaban a esta circunstancia; incluso era costumbre no bañarlos hasta que se les caía el cordón umbilical, muchos días después del nacimiento. En los primeros días después del parto la mortalidad alcanzaba a un número altísimo de criaturas, sobre todo en los años en que los padres no criaban por sí mismos a sus hijos, sino que solían darlos a criar a nodrizas que vivían en el campo, en condiciones no siempre ideales. A medida que el siglo avanzaba, se impuso la necesidad de la limpieza y luego la de la desinfección; así, los higienistas comenzaron a impartir normas de conducta que hoy nos parecerían muy básicas: lavarse las manos, desinfectar los instrumentos de cirugía o de curas, cambiar la ropa de los niños y enfermos con frecuencia, hervir todo lo que el bebé se lleva a la boca y sacarlo de su cuna cerrada con espesas cortinas y doseles para llevarlo a pasear al aire libre. También las niñeras se preocuparon de ponerse al día en la parte que las concernía. La mortalidad infantil se fue reduciendo, como la de los adultos, aunque aún se esperaba el descubrimiento de los antibióticos, en el siglo XX.

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • LA CHAMBRITA: el bebé victoriano vestía camisitas de hilo y chambritas bordadas, encima de las cuales se le ponía el jersey o la blusita.
  • EL FALDÓN: tanto para grandes solemnidades, como el bautizo, como para la vida cotidiana, los bebés victorianos vestían faldones muy voluminosos, aunque confeccionados con tejidos suaves y ligeros.

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