miércoles, 18 de junio de 2014

El padre de familia

En una sociedad como la victoriana, fuertemente patriarcal, era natural que el padre de familia fuera el guardián de los valores morales, éticos y religiosos en los que se asentaba el grupo y el encargado de transmitirlos. Muy conservadores, los hombres victorianos consagraron el papel dominante del varón y el destino subsidiario de la mujer en la sociedad mediante el establecimiento de unas normas educativas, religiosas y de conducta rígidamente inmovilistas.



El papel del hombre en la vida victoriana era el de rector de la vida social en todos sus aspectos. Era quien trabajaba, siendo por tanto el autor del bienestar de la familia y por ello se le debía agradecimiento; esposo amantísimo, cuidaba de su esposa, a la que trataba como a una niña, pues entre sus funciones, la principal era la de defenderla de los peligros de la vida. Con sus padres era respetuoso, cuidando de que nada les faltara en su vejez o en caso de necesidad. Pero el aspecto más importante de su labor se desarrollaba en el medio familiar, en lo que se relacionaba con la educación de sus hijos. Los victorianos entendían que el padre era el encargado de conducir a su familia por el buen camino según unas normas morales entonces muy arraigadas que concedían una alta prioridad a lo espiritual frente a lo material. No se cedía ante ciertos comportamientos como la bebida o el juego, en lo que la sociedad era muy intolerante; por el contrario, del padre de familia se esperaba que cumpliera a la perfección con sus obligaciones.

En realidad, y aunque el padre de familia sentaba las líneas maestras de la educación de sus hijos, las niñas solían quedar bajo el control materno, pues no en vano se destinaban a ejercer en la vida las mismas funciones que sus progenitoras. Pero los varones eran otra cosa. El padre decidía en qué colegio cursaban sus estudios y hasta qué carrera o profesión iban a elegir en la vida, pues lo habitual era que un niño victoriano siguiera en este campo los pasos de su padre. Cuando llegaba el momento, sólo la experiencia de la vida del padre podía acertar en la elección del esposo en lo que se refería a sus inexpertas hijas.

El padre de familia victoriano conducía su casa con honestidad, procurando ofrecer  una imagen de honestidad y solvencia. En efecto, en aquella época, y al igual que el deshonor en el trabajo conllevaba el rechazo en el mundo mercantil, una conducta socialmente inaceptable podía traer consigo el ostracismo y el desprecio de los demás miembros de la clase.

CASA PROPIA
Hasta bien entrado el siglo XIX, era costumbre entre la nobleza, sobre todo en el campo, que los miembros de una misma familia, al contraer matrimonio, viviesen en la casa paterna, con lo que se conseguía que el dueño de dicha casa ejerciera una autoridad sin límites sobre todos sus ocupantes. Así, las nueras tenían que pedir permiso a su suegro para cualquier cosa y éste organizaba su vida y la de sus hijos. Lo mismo sucedía con la suegra, a la que era imposible desplazar de la dirección de los asuntos domésticos. Pero entre la burguesía victoriana esta costumbre fue desapareciendo y los recién casados se instalaban en la propia vivienda, adonde iban llegando posteriores miembros con objeto de ampliar la familia, que solía ser bastante numerosa, de manera que la joven esposa podía organizar su casa a su manera sin sentirse como una intrusa. En general, la casa victoriana típica solía tener dos plantas, con el tejado adornado con gabletes y chimeneas, muchas ventanas y un jardín.

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EL DIRECTOR ESPIRITUAL
En la sociedad victoriana, el papel del padre se ampliaba al de director espiritual, pues se aplicaba muy especialmente a la vigilancia de la educación religiosa de sus hijos e hijas. Después de la cena, la familia reunida solía leer los breviarios o algunos pasajes de la Biblia y en la casa se comentaban y valoraban los diferentes aspectos de la vida de la comunidad. Era costumbre de la época que los niños redactaran un diario íntimo en el que recogían sus sentimientos y dudas; luego lo sometían a la opinión de sus mayores. El padre y la madre enseñaban a los hijos a rezar, y disponían que los hermanos mayores ayudaran a los benjamines en cosas de menor importancia.

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA

  • LA PAJARITA: hacia finales del siglo XIX las corbatas se hicieron más pequeñas y prácticas; de entre todos los modelos, la pajarita era uno de los más utilizados, especialmente para el atuendo de día.
  • EL CHALECO: era casi la única prenda de ropa en la que el padre de familia podía permitirse alguna fantasía. Colgado de una cadena de oro, llevaba en el bolsillo del chaleco un reloj personal.
  • EL TRAJE: hacia finales de la era victoriana, el traje de los caballeros comenzó a orientarse hacia lo informal, dominando el traje de calle sobre otros tipos de atuendo. Las ropas siguieron siendo recia sy duraderas, sobre todo las lanas y los cheviots y se preferían las chaquetas sin cruzar.

1 comentario:

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