viernes, 20 de junio de 2014

La joven romántica

En el tránsito de la niñez a la adolescencia se producía entre las jovencitas un cambio de gustos e intereses. Confinadas a los salones de sus casas, con una vida social limitada a lo que sus madres decidieran, las jóvenes románticas de la época victoriana se pasaban la vida anhelando situaciones a las que no podían llegar y cosas cuya posesión les estaba vedada. Así, buscaban una libertad ficticia en los libros y en sus sueños más íntimos.

En las primeras décadas del siglo XIX tomó cuerpo un prototipo femenino que se difundió con enorme éxito, sobre todo entre la clase burguesa: la figura de la adolescente definida como "mirlo blanco". Siempre vestida de colores puros, candorosa y virginal, este tipo de jovencita constituía la tranquilizadora imagen de la futura madre y esposa modelo que tanto amaban los hombres victorianos.

La educación de las jóvenes de la época se regía por un increíble número de prohibiciones, la mayor de las cuales era la de expresar sus sentimientos y deseos; por tanto, las chicas se refugiaban en la soledad o en la compañía de sus más íntimas amigas y se dedicaban a soñar. De hecho, las conductas amorosas de la época victoriana estaban fuertemente influidas por las doctrinas literarias del amor cortés y, hacia finales del siglo XIX, por las corrientes románticas, impregnadas de melancolía y ensoñaciones.

La costumbre de los matrimonios de conveniencia generaba en las muchachas un inmenso deseo de experimentar un sentimiento amoroso franco y espontáneo. Las mujeres solían llevar un diario íntimo, según era costumbre, y producían una correspondencia extraordinariamente abundante; en estas páginas anónimas se registran las frustraciones provocadas por estos deseos y el brusco contraste con una realidad prosaica, la de sus relaciones familiares y matrimoniales. En las cartas se habla con total sinceridad de amores y deseos, y también de lecturas y de recetas de cocina, herencias y problemas familiares.

Así se definió un prototipo de joven victoriana débil, delicada y casi anémica, muy próxima a las cualidades incorpóreas de los seres angélicos. Sin embargo, tras esta máscara existía un mundo de problemas: enfermedades nerviosas, trastornos psicológicos, anemias, etc., que anunciaban una urgente necesidad de cambios en las estrategias educativas femeninas.

LIBROS PROHIBIDOS
La educación femenina de la época victoriana, decididamente orientada hacia actividades de interior, fomentó en las muchachas el gusto por las lecturas de todo tipo y muy en especial las novelas amorosas, que hacían referencia al mundo de los sentimientos. Este tema, lo que las chicas debían sentir, era algo que la sociedad victoriana pretendía tener férreamente controlado, pues en aquella época no se permitía la libre expresión de la personalidad. Las autoridades religiosas, los padres y los educadores, por lo tanto, mantenían bajo siete llaves, tras los visillos de la biblioteca familiar, innumerables libros, sobre todo los que pudieran informar a las chicas en materia sexual. Sin embargo, ellas disponían de sus propios recursos y una de las diversiones de las muchachas y sus amigas era precisamente violentar los deseos y las previsiones de los padres en lo que se refería a las lecturas. 

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LA ESTRATEGIA DE LA BELLEZA
La otra cara de la espiritualidad de la que las jóvenes románticas de la época hacían gala era una búsqueda incesante de una apariencia exterior acorde con la idea que cada muchacha tenía de sí misma. Las chicas victorianas adoraban aparentar y basaban muchas de sus estrategias de conquista en la elección de sus atuendos. La posesión de objetos bellos constituía una de las principales actividades de las chicas, pues rodearse de cosas superfluas significaba también anunciar la posición social, otra de las bazas importantes ante un posible matrimonio. Los padres aceptaban muchos gastos para alimentar el ego de sus hijas y sus posibilidades sociales, pero a veces no les podían hacer frente y se veían obligados a endeudarse, a la espera de que un buen matrimonio de la muchacha les permitiera resarcirse de sus deudas.

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • TIRABUZONES: era el peinado juvenil por excelencia. Se llevaban sueltos sobre los hombros, recogidos en cascada en la parte posterior de la cabeza o a ambos lados de la cara cuando las chicas se tocaban con una capota.
  • EL ABANICO: elemento fundamental del lenguaje amoroso, toda joven poseía una verdadera colección de abanicos a juego con sus trajes para coquetear con los galanes en teatros, paseos y bailes.
  • LOS ADORNOS FLORALES: la moda romántica de finales del siglo XIX requería el empleo de adornos florales, realizados a mano con cintas de satén y seda. Las flores, además de los encajes, eran los elementos más apropiados para los trajes de las jovencitas.

El joven soltero

No hay duda de que el personaje privilegiado de las no menos privilegiadas clases altas victorianas era el joven soltero. Antes de meterse de lleno en las obligaciones a las que su clase lo llamaba, mientras era estudiante, se pasaba la vida entre el placer y la diversión sin mayores ocupaciones. En general, los padres consideraban que era bueno que "viviera su vida", pues eso contribuía a su madurez. Los jóvenes solteros se dedicaban al deporte, acudían al club, un verdadero recinto sagrado y por las noches frecuentaban los teatros y las casas de placer en busca de emociones fuertes.

Un chico de buena familia dejaba atrás la infancia cuando terminaba sus estudios, primero con su preceptor y, hacia finales de siglo, en su colegio de enseñanza primaria, para luego pasar a colegios como Eton y más tarde, a las universidades: era imprescindible que las famosas instituciones inglesas, Oxford y Cabridge en especial, figurasen en el currículo de un joven si tenía alguna pretensión dirigida hacia la vida pública de la sociedad victoriana.

En la formación de un caballero, sin embargo, contaban muchos factores y no sólo el relativo a su nivel académico. Ante todo, se educaba para cumplir su papel en la sociedad; debía dominar todo un protocolo de relación con sus mayores y, especialmente, con las jóvenes de buena familia, entre las que encontraría a su futura esposa. El trato con las chicas estaba presidido por la represión, pues la dejación de las convenciones podía traer el deshonor a la familia de la joven y abocar a la pareja a un matrimonio forzado.

Mientras los chicos estudiaban, los padres les pasaban una asignación que les permitía llevar una vida conforme a su rango. La diversión y el placer quedaban implícitos en la vida de un universitario de la época. El deporte formaba parte de su educación; en Oxford y en Cambridge se practicaba por igual. Predominaban por aquel entonces el remo, con las famosas regatas sobre el Támesis, el boxeo, inventado en Gran Bretaña a principios del siglo XVIII y que ya desde entonces contaba con grandes adeptos entre los jóvenes y el polo, deporte de origen indio que los ingleses habían adoptado como propio en su estancia como potencia ocupante del gran país asiático. Así pues, el deporte favorecía también el tipo de sociedades específicamente masculinas tan características de la época.

Las actividades deportivas de los jóvenes revolucionaron la moda masculina. Comenzaron a llevarse las chaquetas cortas en lugar de las largas levitas y, para los pantalones y los abrigos, se eligieron aquellos tejidos de muestra en los que los fabricantes ingleses eran maestros: tweed, rayadillos, cuadros de todo tipo, cheviot, etc. No obstante, seguían las tradiciones en los atuendos de gala, como chaqués de ceremonia, esmóquines para la noche y sombreros de copa. Hacia finales del siglo XIX, el aspecto físico y el cuidado personal se habían convertido en elementos fundamentales de la vida masculina.

VIDA GALANTE
Los jóvenes solteros y ricos de la época victoriana (en lo que seguían el ejemplo de sus padres) solían llevar una doble vida: una de seriedad y decoro destinada a cubrir las apariencias y otra más privada en la que se relacionaban con prostitutas y actrices o, como se decía entonces, con "demi-mondaines". Estas señoritas en nada recordaban al ideal victoriano de mujer: eran atrevidas y divertidas y vestían con trajes alegres y colores chillones, mientras que su conducta era lo más alejada posible de las convenciones sociales del momento. Las madres victorianas consideraban que estaba bien que un joven "corriera mundo" antes de dedicarse de lleno, con el matrimonio, a su papel de miembro rector de la sociedad.

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INTERIORES MASCULINOS
La estética victoriana asociaba sobriedad con virilidad; así pues, en la decoración de los espacios privados, así como en la moda, esta exigencia predominaba e influía en la elección de los revestimientos murales, los muebles, las tapicerías y los cuadros. Las salas de billar, las bibliotecas, los gabinetes y los dormitorios se revestían de elementos que escapaban a toda ostentación; pero además estos espacios funcionaban como propios y privados de los hombres, tanto en sus viviendas como en la institución británica por excelencia: el club. En las salas de billar privadas se reunían grupos de amigos para pasar la velada lejos de la presencia femenina, pues así podían dejar de lado una etiqueta a la que ellas los obligaban. También se sentían libres de conversar sin cuidar su lenguaje o el tema de sus conversaciones. Fuera de su casa, los hombres se reunían en clubes en los que las mujeres no tenían entrada; la mayor parte de estas instituciones se regían por normas específicas, que hacían que los socios de cada club fuesen gente muy afín en cuanto a costumbres y objetivos.

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • CUELLOS BAJOS: la moda juvenil de finales de siglo rebajó la incomodísima altura del cuello de la camisa de la década de 1890; las pajaritas comenzaron a venderse ya confeccionadas y se llevaban a tono con la chaqueta.
  • EL CINTURÓN: los jóvenes que vestían de sport prescindían del chaleco, con lo que los cinturones de piel comenzaron a adquirir protagonismo. A ello contribuyó la moda de las chaquetas cortas y con una sola fila de botones.
  • TEJIDOS INGLESES: la juventud inglesa  de finales del XIX fue la responsable de la difusión de los tejidos sport, tan característicos de la producción local como las patas de gallo, los tweed y los cheviot. Los pantalones se llevaban rectos y caídos sobre el calzado y no estrechos como los de la generación anterior.

miércoles, 18 de junio de 2014

La dama elegante

A lo largo de todo el siglo XIX las publicaciones de moda femenina se hicieron muy numerosas, sobre todo en París y más tarde también en Londres. En ellas se puede seguir con todo detalle la evolución en los gustos de la época. Las damas cuidaban mucho su apariencia física pero hasta entonces no habían tenido oportunidad de practicar lo que iba a constituir la afición más importante de las señoras victorianas: pasar la tarde de compras.

                                       

En el sistema de valores burgués de la época victoriana las apariencias tenían una importancia en verdad desmesurada. Para damas y caballeros, lo más importante era mostrarse en salones, teatros y paseos de la manera más ostentosa posible a fin de hacer patente la propia riqueza. Para los aristócratas, tal necesidad fue más acuciante aún con la aparición de fortunas ligadas no al patrimonio familiar sino al comercio o a la industria: es decir, de los nuevos ricos.

Por si fuera poco, en el siglo XIX se instalaron las primeras casas de moda en París y Londres y fue una reina, la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III de Francia, la primera que se vistió en una casa de alta costura, pues encargaba todos sus trajes al modisto Worth. Pero no era lo más frecuente; por lo general, las damas victorianas pasaban muchas horas recorriendo las tiendas para comprar tejidos, lazos, flores, tules y abalorios y con ellos se dirigían a sus modistas preferidas y creaban sus propias "toilettes".

Los fabricantes de tejidos se esmeraban en poner a disposición de sus clientas las mejores telas y los comerciantes traían de Asia tejidos exóticos y carísimas sedas para complacer la creciente demanda. Pero sólo las damas muy ricas podían resistir el esfuerzo económico que representaba un gasto semejante, pues las grandes señoras no repetían traje si podían evitarlo. También la cosmética se desarrolló enormemente, al igual que la perfumería, que tomó un gran impulso con el nacimiento de las fragancias florales, muy adecuadas para mujeres jóvenes.

La pasión por la moda llegó a alcanzar a todas las clases sociales, hasta el punto de que hacia 1770 las señoras burguesas solían quejarse de que era imposible distinguir a una criada cuando dejaba su uniforme y se vestía con ropa de calle, lo que las mortificaba muchísimo. De todas formas, no hay duda de que era una expresión exagerada, pues a estas chicas les costaba mucho esfuerzo y ahorro disponer incluso de un único traje para los días de fiesta.

CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • LOS ENCAJES: la época victoriana fue la era dorada de los encajes; se aplicaban en las blusas, en las capas, en los trajes y en la ropa interior, pero eran especialmente lujosos en los vestidos de tarde y de baile.
  • EL POLISÓN: más discreto, sustituyó a la crinolina hacia mediados del siglo XIX. Era un complemento duro e incomodísimo; pero por fin se inventó uno plegable, que se recogía cuando la dama se sentaba y luego volvía a desplegarse.
  • LA COLA: al montarse el polisón, quedaba en la parte trasera del vestido una gran cantidad de tela recogida, por lo cual empezaron a ponerse de moda las colas, tanto para trajes de fiesta como de día. La cola era elegante y refinada y a veces se le añadían encajes y lazadas.


LA MODA DE 1840
Las características de la moda en este periodo eran la cintura marcada y las mangas o muy ceñidas o acampanadas a partir del codo. El vestido era de una sola pieza y solía ir abrochado en la espaldacon corchetes y ojales; más tarde, a partir de 1845, se impuso una moda más práctica y la falda y el cuerpo de los vestidos se confeccionaban por separado. Para la calle estaban de moda las chaquetas cortas, que se llevaban ajustadas al cuerpo y se abrochaban de arriba abajo. La dama de la imagen luce un traje propio del momento, hecho con tartán de seda y encajes. Se toca con una capota que se sujeta bajo la barbilla con cintas de satén.

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CRINOLINAS: 1856
A mediados del siglo XIX se impuso la moda de la jaula crinolina, es decir, la enagua circular con aros, que a veces alcanzaba dimensiones extraordinarias. Estos aros se hacían con acero flexible para que no pesaran en exceso y, aparte de ir cosidos a una enagua, también solían ir colgados unos de otros con cintas. Debajo de la crinolina, las damas llevaban pantalones largos que se ataban a los tobillos con una lazada. Hacia 1860 las faldas eran tan grandes que dos mujeres no podían sentarse juntas en el mismo sofá. El vestido de fiesta que lleva la dama de la imagen, realizado en 1856, es de tul, con volantes encañonados.

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HACIA 1860
Cuando parecía que la crinolina iba a alcanzar un tamaño fuera de toda lógica, desapareció para reducirse a un postizo, una especie de almohada de crin de caballo que se colocaba por la parte de atrás del vestido, con lo que quedaba suelta una gran cantidad de tela que formaba una cola. En 1860, la cola se recogía en el llamado polisón, que implicaba una cinturita de avispa; para conseguirla, las damas llevaban un larguísimo y apretado corsé. Como este adminículo complicaba los abrigos y las chaquetas, se pusieron de moda los chales a juego con el vestido. Las capotas dejaron paso a los sombreros, muy pequeños. Hacia 1870, el polisón se redujo en tamaño y se fabricó con alambres, modelos ligeros que aliviaron la incomodidad de las señoras.

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LA DÉCADA DE 1890
Los años 1890 trajeron consigo la desaparición del polisón y las faldas recogidas con pliegues y colas. Los vestidos se cortaban al bies y las faldas, que quedaban por ello acampanadas, se ajustaban cómodamente a las caderas.Fue la época dorada de las blusas de encaje, que se pusieron de moda tanto para diario como para los trajes de tarde; las damas llevaban cuellos altos sujetos con finas varillas parecidas a las de un corsé. Las niñas victorianas usaban gorritos de punto de media y de ganchillo, de encaje y de géneros finos con entredoses de bolillos, bordados y encañonados. A juego con la ropa de calle, las damas tenían diferentes capotas y sombreros de paja; además, se adornaban el peinado con peinetas y cintas. En el siglo XIX se puderon de moda las moñas o carambas, recuperadas del siglo anterior y que consistían en un lazo o escarapela hecho con cintas de terciopelo y de seda. Las niñas de aquella época incluso dormían con una cofia de batista fina, al igual que sus madres.

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Los abuelos

Las familias victorianas guardaban un enorme respeto a las personas mayores y era costumbre que en una misma casa conviviesen dos y hasta tres generaciones. Los abuelos intervenían en las decisiones generales y eran escuchados con atención, pues se consideraba que la experiencia que la edad otorgaba tenía un gran valor. Eran también consultados en cuestiones como los matrimonios de sus nietos y los intereses económicos familiares. Los abuelos eran auténticos patriarcas y las abuelas disfrutaban de una autoridad que como madres les había estado negada.

Los abuelos eran una verdadera institución en todas las familias. De hecho, y puesto que se creía que la edad y experiencia eran un grado, la sociedad tenía a las personas de edad como las garantes de la moral y las buenas costumbres y se recurría a ellas para dirimir disputas y solucionar conflictos. Era costumbre que las familias vivieran juntas en la misma casa, por lo que abuelos y nietos podían desarrollar una relación tan íntima y afectuosa como la que tenían con sus padres. En cuanto a los hijos, sabían que tenían que ocuparse de sus padres cuando llegaban a la ancianidad y cumplían esta obligación con amor y eficiencia.

Como sucede todavía hoy, los abuelos llevaban a sus nietos de paseo, les leían cuentos, les ayudaban con sus tareas domésticas y escolares y procuraban, en caso de choque con los padres, que las cosas no pasaran a mayores. Pero no les mimaban; por el contrario, en caso de mal comportamiento podían mostrarse extraordinariamente duros, pues creían firmemente en el valor pedagógico de la disciplina, en la que por lo demás, ellos mismos se habían educado.

DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN
El ámbito que las mujeres del siglo XIX podían dominar con su presencia era muy reducido, pues se limitaba a los asuntos domésticos, a las decisiones acerca del matrimonio de sus hijas y al cuidado de las personas mayores. Sabían que nacer mujer en la época victoriana era ser un individuo en desventaja, de modo que la conciencia de estas limitaciones creaba grandes complicidades entre las mujeres de la misma familia. Las consignas y ayudas necesarias para superar los obstáculos cotidianos se transmitían de generación en generación al mismo tiempo que las instrucciones para hacer, por ejemplo, un asado, o para llevar una casa o tratar al servicio. Madres, hijas y nietas compartían tristezas y alegrías, iban juntas a la modista, organizaban las fiestas familiares básicas, como bautizos y bodas y velaban en armonía a sus difuntos.

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UN FAMOSO ABUELO
En la literatura de la era victoriana hay un famoso abuelo, lord Fauntleroy, paradigma tanto del personaje como del momento histórico: es uno de los protagonistas de El pequeño lord Fauntleroy, la novela de Frances Hodgson Burnett. En 1880, en Brooklyn, Nueva York, vive un niño, Cedric o Ceddie, huérfano de un lord inglés que contrajo matrimonio por amor con una joven norteamericana. Al morir el padre, el abuelo del niño, lord Fauntleroy, le envía a buscar para que viva con él en Inglaterra, pues quiere educar por sí mismo a su heredero. Pero la madre no puede acompañar a su hijo, pues el anciano, un victoriano duro
de carácter y aferrado a los prejuicios sociales, nunca aceptó el matrimonio de su hijo con una americana. La madre se resigna a la situación para asegurar la herencia de su hijo. El pequeño lord Fauntleroy, sin embargo, nada sabe de egoísmos; es un chico amable y cortés que con su generoso carácter y bondad se ganará poco a poco el afecto del abuelo, que al fin permite que madre e hijo se reúnan bajo su techo.

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • EL BONETE: este tipo de sombrerito que se llevaba en la coronilla y del que colgaban cintas y lazos, era el preferido por las señoras mayores desde que la reina Victoria lo puso de moda. Los más lujosos se confeccionaban con encajes.
  • LA CORBATA DE PLASTRÓN: a los caballeros les encantaba este tipo de corbata de seda, que se sujetaba con un alfiler de oro rematado con una perla o una perla preciosa.
  • COLORES OSCUROS: al hacerse mayores, tanto las damas como los caballeros optaban por los colores oscuros para sus atuendos, pues se consideraban los más discretos y adecuados.

El recién nacido

En el siglo XVIII los padres trataban a sus hijos como si fueran adultos de pequeño tamaño; pero en el siglo siguiente se instaló la idea de que una infancia feliz y llena de cariño y una educación lo más completa posible era lo mejor que unos padres podían dar a sus hijos. Los niños se convirtieron en los reyes del hogar. Así pues, comenzó a crearse una moda para bebés, se diseñaron objetos para ellos, lo que ya existía en Francia desde hacía mucho tiempo e incluso surgió la figura de una cuidadora de niños que pasaría a formar parte de la iconografía más victoriana: la "nanny".



Antiguamente los niños nacían en la casa de sus padres. En las familias acomodadas de Europa era costumbre que el niño no se criara con su madre; por el contrario, era conducido a una granja donde una robusta nodriza lo alimentaba a cambio de un salario, a veces hasta los tres años. Luego volvía a la casa paterna para quedar en manos de preceptores e institutrices; hasta los seis o siete años veía a sus padres sólo un rato por la noche, antes de acostarse. Esto, naturalmente, no sucedía entre las clases medias o pobres, en las que las madres criaban por sí mismas a sus hijos y se ocupaban de ellos.

La época victoriana trajo consigo grandes cambios. Cuando un bebé llegaba a una familia aristocrática o burguesa, la madre ya había buscado una nodriza para criarlo en la propia casa. El niño disponía ya de su propio espacio especialmente diseñado para él, aunque con parámetros que hoy parecerían un tanto extraños: se le privaba de la luz exterior, pues se creía que perjudicaba su descanso, se cubría la cuna con cortinas de gasas y muselinas y al pequeño se le vestía con refajos y sacos que le impedían moverse con libertad. Pero al menos se criaba entre los mimos de su familia, que lo adoraba.

La creciente importancia que se le concedía al niño generó un alud de objetos para su uso. Los orfebres diseñaban sonajeros de oro y plata y mordedores hechos con una espina de pescado engarzado tamién en plata, así como tazas y platos grabados con su nombre, imágenes y medallas. En las tiendas de ropa podía encontrarse una verdadera locura de prendas de vestir, en general muy recargadas de cintas, volantes y bordados. Y sería superfluo mencionar a los jugueteros, que iniciaron entonces una edad de oro que casi dos siglos después aún no ha terminado.

LA CANASTILLA
Las mujeres victorianas solían preparar la canastilla de sus futuros hijos cuando ni siquiera se habían casado. Se componía de ropa elaborada con esmero: prendas adornadas con pasamanerías, encajes, cintas, bordados, entorchados y medallones. Las camisas, los jubones, los pantalones, las braguitas, las enaguas, las fajas-corsé, los zapatos, los gorros, los cuellos y los baberos y especialmente, el traje de bautizo, se confeccionaban con telas ricas; este último, de muselina y encajes, a veces ricamente bordado, servía para cristianizar a todos los niños que nacían en la familia y pasaba de generación en generación.

LA TOILETTE DEL BEBÉ
La higiene no estaba demasiado extendida en la época victoriana y los bebés no escapaban a esta circunstancia; incluso era costumbre no bañarlos hasta que se les caía el cordón umbilical, muchos días después del nacimiento. En los primeros días después del parto la mortalidad alcanzaba a un número altísimo de criaturas, sobre todo en los años en que los padres no criaban por sí mismos a sus hijos, sino que solían darlos a criar a nodrizas que vivían en el campo, en condiciones no siempre ideales. A medida que el siglo avanzaba, se impuso la necesidad de la limpieza y luego la de la desinfección; así, los higienistas comenzaron a impartir normas de conducta que hoy nos parecerían muy básicas: lavarse las manos, desinfectar los instrumentos de cirugía o de curas, cambiar la ropa de los niños y enfermos con frecuencia, hervir todo lo que el bebé se lleva a la boca y sacarlo de su cuna cerrada con espesas cortinas y doseles para llevarlo a pasear al aire libre. También las niñeras se preocuparon de ponerse al día en la parte que las concernía. La mortalidad infantil se fue reduciendo, como la de los adultos, aunque aún se esperaba el descubrimiento de los antibióticos, en el siglo XX.

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • LA CHAMBRITA: el bebé victoriano vestía camisitas de hilo y chambritas bordadas, encima de las cuales se le ponía el jersey o la blusita.
  • EL FALDÓN: tanto para grandes solemnidades, como el bautizo, como para la vida cotidiana, los bebés victorianos vestían faldones muy voluminosos, aunque confeccionados con tejidos suaves y ligeros.

La madre de familia

Las doctrinas religiosas imperantes en el siglo XIX fomentaron la creencia de que la mujer dependía del hombre; pero también de que estaba especialmente dotada en el terreno espiritual y emotivo. De ahí se llegó a la conclusión de que su puesto en la sociedad consistía en cumplir sus funciones de esposa y madre. Así pues, la mujer victoriana se convirtió en el sostén afectivo de la familia y en ella recaían los cuidados de los hijos, de su salud y educación, sobre todo de las niñas, y en la responsable de la difusión de los valores morales de la sociedad.

 

El lugar de la mujer en el ámbito privado ya se fijó en muy temprana época, cuando los creadores de la sociedad patriarcal comenzaron a esbozar sus teorías en el siglo XVIII. Según estos pensadores, que creían firmemente en el hombre como partícipe de la vida pública, éste necesitaba imperiosamente del soporte de una mujer educada en los deberes más estrictamente femeninos: proporcionar consuelo y agrado a su esposo y llevar adelante la casa y la educación de los hijos. Aunque a partir de la Revolución Francesa, y desde luego en el siglo XIX, muchas mujeres criticaban duramente este sistema por lo que suponía para ellas una pérdida de identidad y libertades, la mayoría de las niñas, cuya educación se dirigía hacia los finales citados, terminaban  por aceptar de buen grado su papel en esta vida. Así pues, las mujeres desarrollaban toda su existencia en el ámbito más estricto de la vida doméstica.

Aunque era costumbre en las familias acomodadas que la madre diera a criar a sus hijos a una nodriza, su presencia se dejaba notar en la educación de los niños desde su más tierna infancia. La madre vigilaba atentamente su alimentación y su higiene; se ocupaba de que fueran vestidos de la manera más adecuada y les enseñaba a rezar sus oraciones, es decir, los preparaba para su ingreso en la comunidad religiosa a la que los padres pertenecían. La madre era también la responsable de mantener los vínculos familiares y sociales; así, era ella quien solía llevar a sus hijos a visitar a los abuelos o a los tíos y también quien fomentaba la relación con niños de familias de la misma clase social, pues era consciente de que entre ellos se hallarían, con seguridad, los futuros consortes de su prole.

La madre de familia nunca terminaba sus tareas. También enseñaba a sus hijas las labores propias de su sexo, como coser o bordar. Además, y aunque se suponía que cuando tuvieran su propia casa dispondrían de servicio doméstico, las niñas debían saber llevar a la perfección una casa que a veces era grande, con una familia extensa y un muy numeroso servicio doméstico.

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La enseñanza de los buenos modales sociales, por ejemplo, la corrección en la mesa, formaba parte del "trabajo" de una madre de familia.

MADRES E HIJAS
La relación entre las madres victorianas y sus hijas jóvenes o adolescentes era de escasa intimidad y confianza. Ante todo, las señoras eran educadoras muy rígidas, pues se creían en la obligación de inculcaron principios morales cuya transgresión era socialmente reprobable. Respecto a los secretos de la concepción o las relaciones sexuales, eran temas absolutamente tabúes que ni siquiera se nombraban; es más, una verdadera señora ni siquiera mencionaba de manera franca a un niño aún no nacido. No obstante, las chicas veían en sus madres a las personas en quienes podían confiar en caso de necesidad o para resolver sus problemas personales, aunque no en sus dificultades matrimoniales: era proverbial que las damas victorianas, ante las desavenencias entre la pareja, advertían a sus díscolas hijas casadas que "quien escoge la cama, tiene que dormir en ella".

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA

  • EL PEINADO: las damas victorianas de finales del siglo optaron por una estética personal sencilla, pero vistosa, en la que el peinado tenía gran importancia, pues se hacía por la mañana y debía durar toda la jornada en perfectas condiciones.
  • EL CAMAFEO: esta joya, recuperada de la época romana, era elegante y sencilla; se llevaba prendido como simple adorno, pero también para abrochar pañuelos y manteletas. 
  • LA SOBREFALDA: a finales del siglo XIX el polisón desaparece y las faldas de las señoras se adornan de las más diversas maneras, la más popular de las cuales era la sobrefalda. Este montaje permitía fantasías de color y de forma y combinar telas brocadas con telas lisas.

La secretaria

En los años finales del siglo XIX, cuando el trabajo de algunas mujeres comenzaba a ser algo habitual, surgió la figura de la secretaria, una joven de buena cultura capaz de escribir a máquina, recibir visitas o pasar a limpio el trabajo de su patrón. Aunque no abundaban tanto como las institutrices, las secretarias se convirtieron en figuras habituales en las empresas de la City de Londres, aunque al principio no con tanta frecuencia como sus homónimos masculinos.



En el conjunto de trabajos que una joven de la época victoriana podía llegar a ejercer, el de secretaria comenzó a tener futuro hacia finales del siglo XIX. En efecto, una condición necesaria para ello fue el acceso de las mujeres a la cultura y a la información, cosa que anteriormente era casi impensable. El auge de la literatura y el periodismo, pero también del trabajo de investigación llevado a cabo por profesores o científicos independientes, hizo que muchos intelectuales buscasen ayuda en la figura de estas profesionales, que se ocupaban de tener a punto sus agendas, recordarles sus compromisos y escribir sus cartas o memorandos.

Aunque la idea de escribir a máquina se gestó a finales del siglo XVIII, el instrumento se popularizó a partir de 1874, cuando la casa Remington comenzó la producción en serie de este revolucionario objeto. Aunque al principio no fue muy bien acogido por el público, hacia 1915 la máquina de escribir ya tenía en el mercado cerca de 600 modelos. Inmediatamente aparecieron decenas de escuelas en las que se enseñaba a dominarla y a las que acudieron innumerables muchachas, deseosas de disponer de una oportunidad para mejorar su trabajo de secretarias. Muchas incluso se compraron una máquina que llevaban consigo a su trabajo.

Así, la figura de la secretaria, y más todavía si disponía de máquina de escribir propia, pasó a engrosar las listas de las agencias de colocaciones, pues era normal que estas muchachas no tuvieran empleos fijos o de larga duración, sino que acudieran allí donde las requerían por la duración de un trabajo en concreto.

Naturalmente, la secretaria victoriana trabajaba sólo mientras permanecía soltera, pues el empleo de la mujer casada, como era sabido, era el hogar y la familia.

EL MALETÍN DE TRABAJO
Las secretarias llevaban consigo un maletín de trabajo que solía ser de madera barnizada con un asa de metal o hueso, en cuyo interior se alojaba todo lo necesario para su cometido: tinteros, plumas, papeles y libretas de notas. Este equipo les era muy necesario, por cuanto era corriente que las jóvenes tuvieran que trasladarse de lugar según las necesidades de las personas que las contrataban, que a veces eran simples particulares que carecían de oficinas fijas. También las profesoras y algunas institutrices empleaban este tipo de maletines.

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La mayor parte de los intelectuales y hombres de negocios y, desde luego, los aristócratas, disponían en sus casas de una biblioteca en la que leer y trabajar y que, con el tiempo, cuando necesitaban los servicios de una secretaria se convirtió asimismo en su oficina. En las bibliotecas solía haber grandes mesas y en ellas se instalaban escritorios y burós. 

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LOS INTELECTUALES
En el siglo XIX, muy rico en movimientos literarios, los escritores y los periodistas eran clientes potenciales de una secretaria, sobre todo a partir de los años finales de la centuria. Los representantes de la vida cultural europea solían ser justamente lo contrario de los padres de familia y en general de quienes propugnaban los valores típicos de la era victoriana. Por el contrario, casi al tiempo en el que el trabajo femenino comenzaba a verse como algo normal, los intelectuales, alineados con las sufragistas, criticaban el conformismo social victoriano y lo mismo hacían numerosos hombres públicos.

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • LA CHAQUETA ENTALLADA: esta chaqueta, abierta por delante, se llamaba "de estilo princesa" y se puso de moda hacia 1880, cuando el volumen de las faldas se redujo drásticamente.
  • EL POLISÓN: hacia finales de la década de 1880 desaparecieron definitivamente las crinolinas y se puso de moda el polisón, que se llevaba con la falda ajustada a las caderas y acampanada.
  • LA SOMBRILLA: complemento obligado de toda mujer elegante, las sombrillas de la época victoriana simepre hacían juego con el traje y el sombrero y su función era, exclusivamente, proteger a la dama del sol.