jueves, 26 de junio de 2014

El aristócrata


                                                          

En la Gran Bretaña victoriana la aristocracia era la clase social que dominaba todos los resortes del poder. Sus miembros se educaban en los colegios y universidades más selectos, pues no sólo se esperaba de ellos que administraran las grandes fincas que aseguraban la riqueza de la Inglaterra rural, sino que de sus filas surgieran los prohombres dedicados a las finanzas y a la política. Desde el punto de vista económico, sin embargo, en el siglo XIX comenzaron a verse superados por algunas fortunas procedentes del comercio o de la industria pero sin que ello significara ser desplazados del liderazgo social.

                                        

La aristocracia victoriana estaba compuesta por los pares, la clase más alta, y la "gentry" o baja aristocracia. Los pares formaban la nobleza de sangre: duques, marqueses, condes, vizcondes y barones: unas 400 familias en total que tenían, y todavía tienen, asiento hereditario en la Cámara de los Lores del Parlamento británico. La "gentry", por su parte, acogía unas 10.000 familias de diversa condición: pequeños hacendados o clérigos, profesionales, oficiales retirados y comerciantes. Sus miembros ejercían como jueces de paz, presidían los organismos de la administración local en el medio rural, donde eran objeto de la máxima consideración. Pero los pares eran quienes concentraban todo el poder y la influencia política y social.

Los aristócratas ingleses poseían el 80% de la tierra productiva del reino; eran, por tanto, muy ricos, además de influyentes y políticamente poderosos. Sólo el hijo varón primogénito podía heredar el título y las tierras anejas, lo que impedía la dispersión de la hacienda familiar pero no dejaba lugar a la pequeña propiedad libre. A pesar de la importancia de las posesiones rurales, los aristócratas residían en ellas sólo durante el verano, pues en invierno se dedicaban a lo que los cronistas sociales llamaban "la temporada londinense", una autentica sucesión de bailes y diversiones. En cuanto a los segundones de las familias, quedaban condenados al ejército, la Iglesia o los altos cargos de la administración civil, lo que contribuyó a que la aristocracia controlara también los cuadros de mando de los ejércitos y las jerarquías eclesiásticas.

A lo largo de lo tiempos, la aristocracia terminó por consolidar un código ético que establecía pautas en su modo de vida y que la sociedad consideraba ejemplar; de manera que la burguesía aceptó su sistema de valores como signo de distinción. No tardó, sin embargo, en aportar los suyos propios, en particular con todo lo relacionado con el mérito del trabajo y la promoción individual, valores que a aquella le eran ajenos. En efecto, con independencia de la política y del cuidado de sus propiedades, la vida de los aristócratas giraba en torno a sus propios intereses y aficiones, que podían abarcar los más variados campos: literatura, gabinetes de curiosidades, coleccionismo, estudios científicos o viajes.

LA VIDA RURAL
La vida en el campo estaba muy lejos de resultar aburrida para la aristocracia británica. La caza constituía uno de los deportes más practicados, sobre todo las partidas de caza del zorro, aunque en realidad se practicaba sobre todas las especies de manera indiscriminada. La aristocracia detentaba en exclusiva este derecho, lo cual resultó ser una importante fuente de conflictos sociales. La pasión de los ingleses por las armas de fuego desarrolló una industria de gran fama; de la misma manera, las razas insulares de perros, como el setter irlandés o el pointer, se convirtieron en las preferidas de los cazadores de todo el mundo.

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LAS MANSIONES URBANAS
La aristocracia solía diversificar sus inversiones, por lo que era propietaria de algunos de los inmuebles más importantes de Londres. La mayor parte de ellos estaban en barrios exclusivos y elegantes; solían ocupar la planta baja y los dos primeros pisos, mientras que el servicio se alojaba en las buhardillas. En algunas casas las damas disponían de salones para el té y los caballeros, de espacios reservados al juego en los que se reunían los amigos para fumar.

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • EL CHALECO DE SEDA: los aristócratas empleaban la seda para su vestuario casi tanto como las damas. El chaleco de este material, liso o bordado, daba lustre a los severos paños ingleses, de gran sobriedad.
  • LA CHAQUETA: a mediados del siglo XIX, las chaquetas masculinas comenzaron a acortar los faldones y a abrocharse más cerca de la cintura, lo que las convirtió en prendas más cómodas.
  • LOS TEJIDOS DE MUESTRA: el tweed, el ojo de perdiz y otros tejidos de muestra, que se usaban también combinados con tejidos lisos, fueron algunas de las estrellas de la moda inglesa a partir de la década de 1870.

La aristócrata

La aristocracia inglesa victoriana era la más poderosa, rica e influyente de Europa, a pesar de lo cual las mujeres de esta case social, que en aquella época concentraba poder y riquezas, estaban apartadas de la vida pública, a no ser por las funciones de mera representación social. Quizá por eso las grandes damas se convirtieron en las auténticas dictadoras de las altas esferas inglesas y aunque socialmente no eran tan relevantes como sus maridos, ellas decidían quién era o no era digno de pertenecer a su selectivo círculo de amistades.

                                                       

Ni siquiera las damas de la alta nobleza victoriana escapaban a ser consideradas socialmente inferiores a sus maridos. Dejaban la dirección y el cuidado de sus asuntos domésticos en manos de mayordomos, amas de llaves y sirvientes para dedicarse al ocio, las labores de bordado, los paseos y la asistencia a actos culturales y sociales como representaciones teatrales o exposiciones de arte. Incluso las grandes damas estaban apartadas de los ámbitos públicos de decisión; en la vida doméstica, donde imperaba la estricta división de funciones entre hombres y mujeres, ellas se dedicaban a la educación de los hijos varones cuando eran pequeños y sólo de las chicas más tarde, pues los muchachos salían pronto del ámbito materno para ingresar en internados y colegios.

Los matrimonios solían concertarse según la conveniencia de las familias, razón por la cual en el código de la aristocracia se daban por descontadas las aventuras extramatrimoniales; sin embargo, las damas debían llevarlas con total discreción. De lo contrario, podían acarrear para si el deshonor y el ostracismo social.

El lustre de una dama de la aristocracia, sin embargo, siempre dependía del estatus social de su marido; ellas no podían ser las herederas de los títulos nobiliarios ni de las propiedades que solían ir vinculados a ellos y cuando contraían matrimonio, era el esposo quien administraba y controlaba su dote y su herencia familiar. Mas las cosas podían ser distintas si se trataba de las hijas de familias de rango y prestigio social o de tradición política; éstas no solían dejarse someter tan fácilmente y llegaban a influir en las actividades de sus maridos.

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A mediados del siglo XIX en los trajes femeninos predominaban las amplias crinolinas y miriñaques; luego aparecieron los polisones. Pero hacia finales de la centuria hacía furor la larga cola, en la que se recogía armoniosamente el vuelo de la falda. La cola se llevaba incuso en los vestidos de mañana y en los de noche era símbolo de distinción, compitiendo las damas por su longitud.

LOS TOCADOS
La austeridad marcaba la moda de mediados del siglo XIX. Los peinados femeninos eran sencillos, ya que iban cubiertos por capotas y otros tipos de sombreros y tocados, a los que las damas concedían gran importancia como complementos del vestido. A finales del siglo, las capotas pasaron de moda y cedieron el protagonismo a sombreritos diminutos que se colocaban en equilibrio sobre los tirabuzones o los moños postizos.

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LA TOILETTE
La complicación de los trajes y de las prendas de ropa interior que llevaban las mujeres victorianas era enorme: los aros del miriñaque, varias capas de enaguas, crinolinas y polisones, además de los corsés y las medias, que sujetaban con cintas, ojales y corchetes. Ninguna dama era capaz de vestirse por sí sola, sin ayuda de una o varias doncellas y en ocasión de gala el arreglo femenino podía necesitar varias horas. El corsé era especialmente complicado, pues debía marcar el talle muy fino y dar volumen al busto y a las caderas. A veces, la dama se tumbaba en el suelo mientras que una doncella le ponía un pie en la espalda para poder tirar con más fuerza de las cintas.

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA (DE GALA)
  • EL TOCADO: una verdadera dama jamás prescindía del tocado: plumas y broches enjoyados para la noche, capotas y sombreros para los atuendos de día.
  • LAS JOYAS: el oro y las piedras preciosas eran como un indicador del poder de una dama de la aristocracia. Algunas lucían aderezos que llevaban en las familias generaciones enteras, auténticas joyas históricas de colección.
  • EL TRAJE DE GALA: el atuendo propio para la ópera, el teatro o los bailes era rico y sofisticado. Para su confección se empleaban lujosas telas, sobre todo sedas de China y de Francia así como terciopelos y damascos.



El caballero

En la Europa victoriana prevalecía la idea de que el hombre era más fuerte e inteligente que la mujer, por lo que le estaba reservado el dominio del mundo de la acción y las decisiones: viajes, descubrimientos, política, ciencia, arte... El espacio de la mujer era el hogar y ella debía someterse al varón. Alterar ese orden, decían entonces, era ir contra la ley de Dios y contra la naturaleza misma.


                                                 

Entre los nobles, el varón era, además, el heredero de los títulos aristocráticos; entre la clase burguesa era el llamado a dirigir los negocios familiares y, en el caso de los profesionales liberales como abogados o médicos, se suponía que iba a seguir los pasos del padre y a dirigir, al faltar éste, su gabinete. Así pues, al varón le estaban reservados todos los recursos en materia de educación; era el hijo el que cursaba estudios secundarios y universitarios y el hecho de que alguna de las hijas fuera más inteligente o estuviera intelectualmente mejor dotada ni siquiera se tomaba en consideración.

El hecho de ser el sexo privilegiado de la época no eximía al varón de sus obligaciones y éstas no eran precisamente pocas ni fáciles de cumplir. Se esperaba de él que cumpliera sus deberes sin una queja; que protegiera a su esposa y sus hijos, que desempeñara el papel de padre de familia y esposo con toda dedicación y que los atendiera no sólo en el plano material sino también, y sobre todo, en el plano espiritual. Estaba mal visto que se divirtiera más de la cuenta y que le gustaran la bebida o el juego. El hombre de la era victoriana debía ser un dechado de virtudes, o por lo menos estaba obligado a aparentarlo.

Sin embargo, en aquella sociedad se alzaban voces contra esta manera de ocultar el verdadero ser de muchas personas en aras de las apariencias, de lo que se podría llamar hipocresía social. El movimiento romántico, por ejemplo, que promulgaba la búsqueda de la belleza y rechazaba lo vulgar, se rebelaba contra el cerrado ambiente de las familias victorianas y buscaba un mundo regido por los principios de la libertad individual.

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La moda masculina victoriana no conoció grandes variaciones. La elegante levita fue la pieza estrella durante todo el siglo XIX.
LA TOILETTE MASCULINA
La moda de llevar o no barba o perilla, así como las patillas más o menos largas, fue variando durante la época victoriana. Eso hizo que disponer de un buen juego de afeitar fuese imprescindible para la imagen de un caballero.

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La navaja y el cepillo para las patillas no faltaban en el baño de un caballero. El segundo contaba con cintas afiladoras para mantener la navaja en perfecto uso

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Taza y brocha para el jabón. Algunos de estos juegos estaban ricamente realizados en plata e incluso en oro
EL DANDISMO
El dandismo nació a principios del siglo XIX entre un grupo de jóvenes de la alta sociedad británica que acordaron mostrarse siempre vestidos con gran elegancia, con patronajes sencillos pero excelentemente confeccionados con tejidos de alta calidad. El dandismo, además de una estética del vestir, comportaba  una actitud educada y culta y una postura ante la vida que nada tenía que ver con los sentimientos, pues sólo rendía culto a la belleza. Su principal impulsor fue George Brummel, llamado "Beau Brummel". No duró mucho; al final, hasta sus defensores cayeron en la extravagancia.

                                                       

CUESTIÓN DE INDUMENTARIA (EN PRIVADO)
  • EL FOULARD: en el siglo XIX, llevar un foulard al cuello cuando no se llevaba corbata (en el interior de las casas) era considerado como un signo de gran elegancia.
  • LA CHAQUETA DE INTERIOR: para estar en casa, un caballero victoriano una chaqueta cruzada, que se ponía encima de la camisa y de los pantalones que llevaba con el traje de calle.
  • LOS PANTALONES: la moda masculina del siglo XIX se decantó casi siempre por el pantalón en chimenea, más o menos estrecho según la época, pues el pantalón ancho se consideraba vulgar. Hasta mediados del siglo, se llevaba con una trabilla, que se pasaba por debajo de las botas o los botines. 
  • LAS BOTAS: este tipo de botas comenzó a hacerse popular a mediados del siglo XIX; en los años anteriores eran muy populares los botines, que se llevaban con polainas.

Los niños

En la sociedad victoriana los hijos se convirtieron en el centro de atención de la familia y eran objeto de todo tipo de cuidados. El interés de aristócratas y burgueses por conseguir mayor intimidad llegó a modificar los planos de las viviendas tradicionales, pues el hecho de que los niños dispusieran de espacios propios como la sala de juegos o de estudio o de una "nursery" demostraba una nueva concepción de la casa como espacio destinado a la vida doméstica. 

                                                     

A pesar de estos espacios independientes dedicados a la vida de los niños las casas victorianas se veían constantemente invadidas por la presencia de los pequeños durante sus juegos sin que los padres pusieran reparo alguno. Y sin embargo, la educación de los niños era muy estricta. Para empezar, se levantaban muy temprano, pues la pereza se consideraba uno de los vicios más funestos. Así, cenaban y se acostaban antes que los adultos y se perdían todas las veladas pero solían levantarse por la noche para curiosear en las actividades de sus mayores.

Los preceptos morales de la época afirmaban que las habitaciones de los niños no debían ser demasiado cómodas para evitar las enfermedades y la molicie pero los padres procuraban a sus hijos todo el bienestar posible. Los dormitorios estaban empapelados en colores alegres de motivos florales y las habitaciones de juego, que sólo los niños de clases acomodadas podían tener, estaban equipadas con los mejores juguetes: teatrillos, muñecas, disfraces, cocinas, libros de cuentos y juegos de mesa.

Entre los espacios dedicados a los niños también se encontraba el cuarto de estudios, pues los niños de las familias aristocráticas o de la alta burguesía recibían instrucción en su propia casa con preceptores e institutrices para los niños y las niñas, ya que unos y otros recibían una educación muy distinta.

Los padres victorianos ocultaban a sus hijos los aspectos más desagradables de la vida, de manera que la infancia, en aquella época, era un tiempo de inocencia y felicidad. Los niños debían ser sumisos y obedientes con sus padres y maestros, pues la rebeldía era lo único que no podía tolerarse en un niño.

LA CANASTILLA DEL BEBÉ
La ropa del bebé la preparaba la madre con esmero desde que sabia que iba a nacer. La pieza más suntuosa era el traje de bautizo, de fina muselina con encajes y rasos, que se usaba en la familia durante generaciones.

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LA NURSE
La nurse, la niñera del bebé, se convirtió en uno de los auténticos prototipos de la vida victoriana, el paradigma de la entrega de la sociedad a la infancia. Llevaba un traje parecido al de una enfermera, se cubría la cabeza con un gorro de tela fina rematado con un lazo y ofrecía una imagen totalmente respetable mientras empujaba el cochecito del bebé por las calles y las plazas de las ciudades. Su mayor gozo era que "sus niños" fueran los mejor cuidados y vestidos del vecindario. Aunque solían abandonar la casa cuando los chicos crecían, muchas permanecían con las familias y ejercían de niñeras de los hijos de las mismas niñas a las que habían cuidado.

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Durante el reinado de Victoria I de Inglaterra y hasta 1860 la fabricación en serie de juguetes alcanzó su apogeo. La demanda era enorme, pues, al abaratarse los precios, muchos chiquillos pudieron comprarse los objetos que tanto anhelaban.

CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • EL TRAJE DE LAS NIÑAS: a partir de la época victoriana, los trajes de las niñas evolucionaron desde las faldas a media pierna, con pantalones debajo, hasta las faldas cortas.
  • EL TRAJE DE LOS NIÑOS: para los chicos era costumbre combinar pantalones muy sobrios con blusas con encajes muy vistosas. Los pantalones bombachos se llevaban hasta los 14 años.

miércoles, 25 de junio de 2014

El mayordomo

El mayordomo era el personaje principal del servicio de una casa victoriana, después del ama de llaves o en parangón con ésta. Era preciso que fuera una persona educada y de modales perfectos, por lo que era complicado encontrar profesionales de primera fila. Por eso, este tipo de servidores solían pasar de una a otra casa provistos de referencias, sin las cuales nadie los hubiera contratado; aunque en muchas ocasiones envejecían con la familia.

Para un caballero tener mayordomo era el principal signo de estatus social, pues sólo las grandes casa podían permitírselo. El mayordomo hacía funcionar la enorme maquinaria de la casa y a veces no sólo en el aspecto doméstico. En efecto, en las grandes propiedades el mayordomo se encargaba también de la relación del amo con los colonos o arrendatarios de sus tierras. Era la mano derecha de su señor.

Para llegar a ser mayordomo había que ejercitar un aprendizaje que duraba años, a veces décadas. En las grandes mansiones, algunas de las cuales tenían hasta cien habitaciones, existía el primer, segundo y tercer mayordomo, escalafón inmensamente riguroso que los sirvientes jamás se saltaban, pues eran muy celosos de su rango.

El mayordomo se encargaba de numerosísimas tareas. Por la mañana revisaba la casa, subía el periódico y el correo a su señor, se reunía con la cocinera y el ama de llaves para distribuir el trabajo del día, se cuidaba de que las luces estuvieran encendidas y provistas de combustible, mantenía la calefacción en marcha, recibía a las visitas, etc. Era deber suyo, asimismo, atender la mesa a la hora de las comidas y coordinar el resto del servicio, pues la cocinera sólo aparecía en el comedor al final de la comida si los señores consideraban que su trabajo merecía ser elogiado.

Cuando los señores daban una fiesta, el mayordomo se encargaba de que todo funcionara a la perfección. Era también el hombre de confianza del amo en el cuidado y control de la bodega: los vinos jamás se dejaban en manos de la cocinera.

LOS UNIFORMES DE SERVICIO EN LAS GRANDES CASAS
Algunos miembros del servicio de las grandes casas victorianas iban uniformados con los colores heráldicos de la familia. Estos uniformes distintivos eran la librea y el traje de los pajes. La librea era el conjunto formado por una chaqueta larga y un chaleco y se llevaba con calzón corto y medias; era el traje de mayordomos, lacayos y cocheros. Los pajes eran muchachos jóvenes cuyo estatus estaba un poco por encima del de los criados; vestían una chaqueta corta hasta la cintura con triple hilera de botones y pantalones con una franja roja a los costados.

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El mayordomo desciende la impresionante escalera de Carlton House, la residencia londinense del príncipe regente, situada en St. James Park y propiedad de la Corona británica.
LA ETIQUETA DEL SERVICIO EN LA MESA
La estructura del servicio victoriano reflejaba los mismos conceptos de jerarquía y respeto que regían la vida de los señores. Así pues, en la mesa ocupaban las cabeceras los miembros del servicio de mayor categoría y los demás se sentaban correspondiendo a un determinado orden.

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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • LA CORBATA DE LAZO: era más práctica que la de plastrón y se convirtió en característica del uniforme del servicio masculino en las mansiones victorianas.
  • EL CHALECO A RAYAS: esta pieza era obligatoria en el uniforme de diario de los mayordomos, que la cambiaban por otra negra o de un color liso en las ocasiones de gala.
  • EL TRAJE: los hombres que se dedicaban al servicio doméstico solían ocupar la cumbre de la jerarquía y sus ropas eran de paño de lana de muy buena calidad. Su adquisición corría siempre a cargo de los señores de la casa, pues el aspecto del servicio decía mucho de la manera como una señora llevaba su casa.
  • LOS ZAPATOS: el calzado de un mayordomo tenía que estar siempre limpio y brillante como el de un militar. Los zapatos eran de cuero fuerte, capaz de soportar sin deteriorarse las largas jornadas de trabajo.

La dama

En la Europa victoriana ser una "dama" era la obligación de toda mujer y no era cuestión de dinero sino de modales. La mujer victoriana debía ser asimismo madre perfecta y esposa sumisa, ir siempre bien vestida, cuidar de su casa y de sus hijos y atender todas las necesidades de su esposo.

                                                   

Toda la vida de la niña y luego de la adolescente de la época victoriana se orientaba hacia un solo objetivo: hacer de ella una buena esposa y madre y ponerla en situación de manejar una casa con muchos sirvientes. Debía hacer frente a una intensa vida social propia de la época, sin que por ello la mujer adquiriera especial relevancia. En ningún caso podía trabajar; es más, se decía por aquel entonces que una dama se reconocía por sus manos finas y cuidadas.

Por lo demás, una dama victoriana debía estar bien educada. Aunque no se soportaba a las mujeres cultas (si lo eran, debían ocultarlo), era necesario que supieran algo de música, leer y escribir y conocer lo bastante la literatura del momento y las novedades culturales como para poder mantener una conversación social. No obstante, sus lecturas eran cuidadosamente supervisadas primero por su padre y luego por su esposo. Debía saber coser y bordar y, a pesar de que una dama no realizaba trabajos domésticos, debía conocerlos para poder dirigir su casa.

Como madre, la mujer victoriana cuidaba hasta el menor detalle en la educación de sus hijos pero las damas de buena posición disponían de niñera cuando los niños eran pequeños y de institutrices y preceptores que los educaran al hacerse mayores.

 
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Las damas de la buena sociedad victoriana se regían por un código de buenas maneras sumamente rígido y formalista, que debían poner en práctica tanto en público como en privado


BOLSOS, GUANTES Y ABANICOS
A finales de la época victoriana, los complementos se habían convertido en imprescindibles en el atuendo de una dama elegante. Y no sólo se trataba de joyas, aderezos para el pelo, prendedores o pieles; los auténticos protagonistas fueron los abanicos, los bolsos, los zapatos y las sombrillas. Para las noches de gala se llevaban unos bolsitos llamados "ridículos", preciosamente bordados en seda o terciopelo. Guantes y zapatos iban a juego con el traje y solían estar realizados en finísimo tafilete o en raso; los tacones eran siempre bajos y cómodos.

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LAS JOYAS DE FIN DE SIGLO
Hacia finales del siglo XIX hubo una fuerte reacción contra las recargadas joyas victorianas. Las damas comenzaron a adornarse con hermosas piezas inspiradas en la naturaleza y en formas vegetales y animales, como flores y libélulas, hechas de rubíes, diamantes y zafiros.

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Gargantillas en croissant y solitario, ambos de brillantes


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Este anillo reproduce una mariquita

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Flor hecha con rubíes tallados en cabujón


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Fantástico brillante "alado" en forma de pera


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Libélula de esmeraldas y brillantes engastados

CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • EL SOMBRERO: ninguna dama salía de casa sin sombrero o sin un tocado. Era signo de estatus social y su forma variaba según la moda y el vestido al que complementaba.
  • LAS MANGAS ABULLONADAS: este tipo de mangas se impuso en los atuendos de gala hacia 1870. Eran realmente vistosas; realzaban la figura y afinaban la silueta. 
  • LA FALDA: hasta los primeros años del siglo XX las faldas de las damas fueron amplias y vistosas. En 1859 se pusieron de moda los volantes, que podían ser numerosos y que se adornaban con cintas, bordados, pasamanerías, pedrerías y abalorios de todas las clases.
  • LA CRINOLINA: para sostener las faldas amplias y darles volumen se usaba una crinolina, que era un armazón de aros de acero sujetos con cintas y volantes. En la cintura se fijaban a un incomodísimo corsé.


La criada

En las mansiones victorianas convivían un respetable número de criadas, algunas de las cuales comenzaban el servicio a los doce años. Entre ellas existía una jerarquía que se reflejaba en su atuendo. El puesto más elevado lo ocupaba la primera doncella, siempre al servicio personal de la señora. Estaba de moda que estas chicas fueran francesas, pues se suponía que entendían mucho de moda y asuntos de belleza; vestían un pulcro uniforme y delantales con encajes.

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El número de sirvientes y la categoría del personal del servicio de una casa victoriana dependía de la posición social de la familia, pues tener muchos criados era uno de los signos más visibles de un buen nivel de vida y posición social. Cuando disponía de mayordomo, doncella, criada, cocinera y niñera para sus hijos, una esposa podía liberarse de la rutina doméstica y llevar una vida ociosa y de representación social.

Para servir de doncellas en una gran casa se elegían chicas educadas y que supieran leer y escribir. A veces procedían de un hospicio y pasaban la vida en casa de los señores, que las tutelaban hasta el momento de su matrimonio. Pero carecían de vida privada, pues no tenían casa propia ni espacio para la intimidad, por lo que era habitual que muchas se quedaran solteras. Así pues, vivían recluidas en las dependencias del servicio, pero disponían de un día libre para salir.

Las muchachas compartían con los otros criados la antecocina o la sala para la servidumbre, así como las habitaciones, pues sólo el personal de servicio que ocupaba la escala social más alta, como el mayordomo o el ama de llaves, podía disponer de habitación privada. Los dormitorios de las sirvientas estaban situados en las buhardillas de las casas.

Los puestos más bajos de las servidumbre los ocupaban las mozas, encargadas de los trabajos más duros como acarrear el carbón y el agua, limpiar los fogones o desinfectar los sótanos de la casa. Entre sus innumerables obligaciones se contaban despabilar las velas y cambiar el aceite de los quinqués. Debían comportarse muy bien y cuidar mucho sus modales si querían permanecer con una misma familia y ascender en su oficio.

LOS COMPLEMENTOS DE GALA
Los puños y los cuellos de encaje, que se confeccionaban a juego, podían ser lisos o almidonados o ir adornados con profusión de puntillas y encajes. Los más sencillos eran de batista o de popelín, tejidos buenos y no muy caros que solían adornarse con vainicas y jaretas. Cuellos y puños debían estar siempre muy limpios, sobre todo porque destacaban en el traje negro que llevaban las sirvientas y amas de llaves; por eso se quitaban del vestido para ser lavados con frecuencia.
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Los cuellos rizados con encaje eran muy populares
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Los puños se confeccionaban a juego con el cuello
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Pero a diario se usaban cuellos de tela sencilla
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Las vainicas se aplicaban como adorno

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El delantal podía ser una verdadera obra de arte del bordado

LAS COFIAS
Durante muchos siglos la palabra "cofia" había designado tanto a la red que sujetaba el cabello como a un gorro de lino, velo o cualquier otra tela fina que se ataba bajo la barbilla. En el siglo XV el mismo vocablo aludía a un tocado femenino en concreto, el que se confeccionaba con lino y recibía diferentes nombres: capelo, capillejo, escofión o garvín. Para las chicas de servicio su uso era obligatorio; comenzaron a no prescindir de ella en ningún caso por razones de higiene, sobre todo si se trataba de muchachas que servían en la cocina, pero más tarde la emplearon para dar imagen de respetabilidad. Cuando tenían que realizar trabajos sucios, la cambiaban por una pañoleta.

                                         
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CUESTIÓN DE INDUMENTARIA
  • LA COFIA: se usaba como signo de respetabilidad, sobre todo en las jóvenes; era blanca y solía ir adornada con encajes y cintas.
  • EL CUELLO DE ENCAJE: a juego con la cofia, el cuello de encaje era el toque elegante del traje de la sirvienta. Se llevaba con ropa de todo tipo de colores.
  • EL VESTIDO: los vestidos de las chicas de servicio eran cómodos y prácticos para que facilitaran su trabajo. Las faldas eran de mucho vuelo, lo que conseguían con refajos y enaguas.
  • EL DELANTAL: casi siempre era blanco y más o menos lujoso según la ocasión; los días de fiesta o para servir una mesa de gala se usaban delantales de batista adornados con encajes.